miércoles, 30 de abril de 2014

Apología final a Álvaro Henríquez.

En http://www.elfracaso.cl/apologia-final-a-alvaro-henriquez/

Belano, le dije, el meollo de la cuestión es saber si el mal (o el delito, o el crimen, o como usted quiera llamarle) es causal o casual. Si es causal, podemos luchar contra él, es difícil de derrotar pero hay una posibilidad, más o menos como dos boxeadores del mismo peso. Si es casual, por el contrario, estamos jodidos. Que Dios, si existe, que nos pille confesados. Y a eso se resume todo. (Roberto Bolaño - Los Detectives Salvajes).

Recuerdo una noventera entrevista a Jorge González en la que irónico, constataba que “a Los Tres le aplauden hasta los peos”, en contraposición a las resistencias que generaba su solitaria carrera musical en la crítica y los medios. Es más, Chile no se hacía problemas en tildar de resentido al mismo que había sacado la voz por los marginales que se hacían mayoría en plena dictadura.  Pero la historia puede cambiar drásticamente y es sorprendente el apresurado giro que ha tenido en cuanto a las dos figuras más emblemáticas de la música popular chilena de fin de siglo.

Porque Álvaro Henríquez ya es de otra época. No es fácil buscar amigos en la u con los que compartir las canciones. Habiendo tantos elementos obligatorios en un curriculum estructurado sobre la moral de las apariencias, sus trabajos quedaron definitivamente fuera de los aprendizajes. Es que no lo voy a desconocer, su actitud espanta. Tan acabada, tan genuflecta frente al status quo, tan tallada a la medida de la concertación, que hace que varios lo tomen como uno de los tantos objetos desechables del mercado. Así de simple, sin escuchar ningún disco, sin haber puesto atención ninguna letra. En la semana me tocó leer que era una “diva intrascendente con música superficial”. Díganme ustedes, ¿qué es eso sino la sofisticación de la ignorancia? Qué manera de no entender nada.

Pero no desconozcamos la realidad, el hombre viene a la baja hace rato. Sus recientes intervenciones públicas aparecen como blandos puñetazos, desprovistos de la peligrosidad que efectivamente se presenta manifiesta en sus discos. En los últimos años más de una vez lo vi con la cara inflada, replicando con desgano los acordes que llevaron a Los Tres a ser una de las bandas más admiradas en Latinoamérica. Hay pocas imágenes así de parecidas a la decadencia.

Una reciente –y maletera- columna se encargaba de enfatizar el mensaje. No es casual que twitter, tierra prometida de las ansias de fama, haya sido principalmente el medio a cargo de transmitirlo voz a voz. Bastaron un par de párrafos bien escritos para que la democrática república lo llevara a ser apedreado a la plaza pública. El reconocimiento de la celosa comunidad, cual pedazo de pan entre palomas, azuzaba a los ilustres ciudadanos a extremar posiciones para destacar. Además de los cargos ya imputados, vociferantes algunos le reclamaban supuesta mediocridad, carencia de talento, poca ocurrencia y varios otros delirios colectivos. Un spam me incitaba a participar del espectáculo, ya era tendencia darle en el piso al artista, mira lo cool que es la aldea global.

Ya basta. Es necesario poner la pelota contra el piso. Álvaro acuñó un registro maravilloso sobre el suicidio, las tragedias de amor y la desafección social, tres de los tópicos en los que su pluma desplegó su entera sensibilidad. En tiempos de espejismos, desarrolló una voz desgarrada que nos gritaba que no todo estaba tan bien, que el progreso también era la coca y sus equivalentes: el miedo, el exceso de ego, la falta de espíritu. Las metáforas albergaban de manera premonitoria la mierda que sigue silenciosa bajo la ciudad, encerrada en habitaciones golpeadas por relaciones destructivas. Por menos se han levantado monumentos.

Pero también nos sacaba de ahí. ¿Han ido a algún evento masivo y gratis en dónde toquen? “Amor violento” se recita con ternura entre jóvenes y parejas que ya no tanto, se abrazan con un beso cariñoso mientras cantan “gastaré toda mi vida en comprar la tuya” –quién más que él podía escribir ese verso-. He barrido el sol se sigue guitarreando uniformada en trajes escolares –sol,re,sol,re para los principiantes- ; “cerrar y abrir” en los taxis siendo el arrepentimiento más profundo,  declaración de irrestricta compañía, un llamado desnudo a la última oportunidad que los enamorados siempre queremos; “no me falles” en la misma historia, denotando el querer chileno,  coreado de forma tan sutil como peligrosamente machista; “Hojas de té” siendo parte de una adolescente jugarreta con los recuerdos modelados por la marihuana. El amor salva y Álvaro de eso sabía.

No espero mucho del último disco. Tocar le debe seguir resultando entretenido, especialmente junto al posmoderno Sancho Panza que encarna Titae. Las giras, las minas, los jales, todo eso a lo que se aferraron más de la cuenta y que les entrega patéticos suspiros de juventud. Frente a sus choreadas de mentira, Ángel Parra responde con el mejor consejo: “le recomiendo que demuestre en la cancha lo que es ahora”. Quizás una sentencia. Ojalá que se nos muera de viejo no más. Cómo culparlo por eso.


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