En http://www.elfracaso.cl/apologia-final-a-alvaro-henriquez/
Belano, le dije, el meollo de la cuestión es saber si el mal (o el
delito, o el crimen, o como usted quiera llamarle) es causal o casual. Si es
causal, podemos luchar contra él, es difícil de derrotar pero hay una
posibilidad, más o menos como dos boxeadores del mismo peso. Si es casual, por
el contrario, estamos jodidos. Que Dios, si existe, que nos pille confesados. Y
a eso se resume todo. (Roberto Bolaño - Los Detectives Salvajes).
Recuerdo una noventera entrevista
a Jorge González en la que irónico, constataba que “a Los Tres le aplauden
hasta los peos”, en contraposición a las resistencias que generaba su solitaria
carrera musical en la crítica y los medios. Es más, Chile no se hacía problemas
en tildar de resentido al mismo que había sacado la voz por los marginales que
se hacían mayoría en plena dictadura.
Pero la historia puede cambiar drásticamente y es sorprendente el
apresurado giro que ha tenido en cuanto a las dos figuras más emblemáticas de
la música popular chilena de fin de siglo.
Porque Álvaro Henríquez ya es de
otra época. No es fácil buscar amigos en la u con los que compartir las
canciones. Habiendo tantos elementos obligatorios en un curriculum estructurado
sobre la moral de las apariencias, sus trabajos quedaron definitivamente fuera
de los aprendizajes. Es que no lo voy a desconocer, su actitud espanta. Tan
acabada, tan genuflecta frente al status quo, tan tallada a la medida de la
concertación, que hace que varios lo tomen como uno de los tantos objetos
desechables del mercado. Así de simple, sin escuchar ningún disco, sin haber
puesto atención ninguna letra. En la semana me tocó leer que era una “diva
intrascendente con música superficial”. Díganme ustedes, ¿qué es eso sino la
sofisticación de la ignorancia? Qué manera de no entender nada.
Pero no desconozcamos la
realidad, el hombre viene a la baja hace rato. Sus recientes intervenciones
públicas aparecen como blandos puñetazos, desprovistos de la peligrosidad que
efectivamente se presenta manifiesta en sus discos. En los últimos años más de
una vez lo vi con la cara inflada, replicando con desgano los acordes que
llevaron a Los Tres a ser una de las bandas más admiradas en Latinoamérica. Hay
pocas imágenes así de parecidas a la decadencia.
Una reciente –y maletera- columna
se encargaba de enfatizar el mensaje. No es casual que twitter, tierra
prometida de las ansias de fama, haya sido principalmente el medio a cargo de
transmitirlo voz a voz. Bastaron un par de párrafos bien escritos para que la
democrática república lo llevara a ser apedreado a la plaza pública. El
reconocimiento de la celosa comunidad, cual pedazo de pan entre palomas,
azuzaba a los ilustres ciudadanos a extremar posiciones para destacar. Además
de los cargos ya imputados, vociferantes algunos le reclamaban supuesta
mediocridad, carencia de talento, poca ocurrencia y varios otros delirios
colectivos. Un spam me incitaba a participar del espectáculo, ya era tendencia
darle en el piso al artista, mira lo cool que es la aldea global.
Ya basta. Es necesario poner la
pelota contra el piso. Álvaro acuñó un registro maravilloso sobre el suicidio,
las tragedias de amor y la desafección social, tres de los tópicos en los que
su pluma desplegó su entera sensibilidad. En tiempos de espejismos, desarrolló
una voz desgarrada que nos gritaba que no todo estaba tan bien, que el progreso
también era la coca y sus equivalentes: el miedo, el exceso de ego, la falta de
espíritu. Las metáforas albergaban de manera premonitoria la mierda que sigue
silenciosa bajo la ciudad, encerrada en habitaciones golpeadas por relaciones
destructivas. Por menos se han levantado monumentos.
Pero también nos sacaba de ahí. ¿Han ido a algún evento masivo y gratis en dónde toquen? “Amor violento” se recita con ternura entre jóvenes y parejas que ya no tanto, se abrazan con un beso cariñoso mientras cantan “gastaré toda mi vida en comprar la tuya” –quién más que él podía escribir ese verso-. He barrido el sol se sigue guitarreando uniformada en trajes escolares –sol,re,sol,re para los principiantes- ; “cerrar y abrir” en los taxis siendo el arrepentimiento más profundo, declaración de irrestricta compañía, un llamado desnudo a la última oportunidad que los enamorados siempre queremos; “no me falles” en la misma historia, denotando el querer chileno, coreado de forma tan sutil como peligrosamente machista; “Hojas de té” siendo parte de una adolescente jugarreta con los recuerdos modelados por la marihuana. El amor salva y Álvaro de eso sabía.
No espero mucho del último disco. Tocar le debe seguir resultando entretenido, especialmente junto al posmoderno Sancho Panza que encarna Titae. Las giras, las minas, los jales, todo eso a lo que se aferraron más de la cuenta y que les entrega patéticos suspiros de juventud. Frente a sus choreadas de mentira, Ángel Parra responde con el mejor consejo: “le recomiendo que demuestre en la cancha lo que es ahora”. Quizás una sentencia. Ojalá que se nos muera de viejo no más. Cómo culparlo por eso.
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