viernes, 17 de octubre de 2014
la corriente que nos va llevando
nos moja la cara y se ríe de los dos. cuánta verdad, pedrito subercasó.
sábado, 27 de septiembre de 2014
Conducción y rebeldía: el profetizar de los Ases Falsos
En: http://www.paniko.cl/2014/08/ases-falsos-profetas-en-su-tierra-lanzamiento-conduccion-cupula/
Mira, tú que quieres llegar a ser un hombre político, que quieres gobernar la ciudad, que quieres ocuparte de los otros, pero que no te ocupas de ti mismo; tú serás un mal gobernante. Sócrates
Mientras salía de la Cúpula del Parque O’Higgins, pensando en lo que acababa de pasar, recordé una entrevista en la que Jorge González filosofaba sobre la composición. Para él, «la función principal de una canción es que la gente se la aprenda, que se junte en un lugar y que la canten todos juntos, eso es lo más bonito. Diga lo que diga la letra». Pese a que la idea nunca me pareció del todo acertada, me vi obligado a poner mi desconfianza entre paréntesis. El acogedor teatro fue testigo de una ceremonia acreedora de aquella belleza que González mencionaba cuando el periodista peruano le preguntó sobre las posibilidades de transformación social que poseería la música. Pese a la brecha etaria que existía entre platea y cancha, los Ases Falsos lograron aquella unión que hoy en día brilla tanto por su ausencia. Unos más exaltados que otros, los dos mil cantaron como si se tratara de un concierto de grandes éxitos y no de un disco lanzado hace apenas un mes.Como de costumbre, la banda apareció menos preocupada por el vestuario que la mayoría del público. Se vio a un Briceño algo empaquetado, definitivamente muy ensayado, que sonrió por primera vez al escuchar al público cantar «estoy enojado conmigo y voy peleando con el tráfico, y voy pensando cómo te perdí», a todo pulmón. La mueca reveló cierto alivio tras sentir que los versos a su querida van, “Ivanka”, eran chillados por el público con el desgarro propio de una canción de arrepentimiento. El coro hizo sentir en casa a los Ases Falsos y a la comunidad que se reconoce en el griterío enamorado: la misa se inició con éxito.La efervescencia del comienzo no dio tregua ante el declarado nerviosismo de Briceño («tenía así unos coquitos»), ni frente a las fallas en el micrófono del saxo en “2022″. «Estamos creciendo, con mucho dolor», dijo, resumiendo la maduración que ha vivido la carrera del quinteto. En Conducción la banda muestra una transformación aún más vertiginosa que la de Briceño. La llegada de Francisco Rojas, tecladista, permite explorar sonoridades electrónicas insospechadas en años anteriores que, junto con el fiato propio de casi una década de rodaje, se hacen acompañar por las mejores letras que el vocalista haya escrito en su vida.El concierto confirmó el carácter religioso del relato que sostiene a estas catorce nuevas canciones. “Mantén la Conducción”, puntapié inicial del disco, evoca una suerte de diálogo oriental entre maestro y discípulo, siendo un buen ejemplo de la ética que se exige en las pistas sucesivas («¿qué debo buscar? amor por el deber»). Los Ases Falsos tienen la capacidad de mover a jóvenes con algo que está más allá de ellos, pero que al mismo tiempo parece alojarse en lo más íntimo de su espíritu. En conjunto, la hinchada sub 21, con la pasión propia de un partido de fútbol, cantó ideas sobre el bien que se debe hacer y el mal que se debe evitar («Lo de hacer el bien nadie lo entiende, diferente es hacerla bien, hasta me parece que inclinarme al mal es el movimiento natural»). La generación de los veintisiempre no se quedó atrás y se movió en sus puestos, renunciando al baile desatado por la impecable “Cae la cortina”, que pone de manifiesto ese afán por creerse negros del que han hablado en entrevistas.Los conciertos para Briceño son parte fundamental de la militancia, considerada como una práctica en la que la introspección se vuelve paradojal e intencionalmente plural. Parece vivirlos como parte de un rito central en el que, por un momento, el canto colectivo viene a poner las cosas en orden. La locura se hace presente a partir de la aceptación, en algún nivel del cuerpo, del rechazo a la normalidad («cómo un hombre bueno y sano es obligado a comportarse como un enfermo para adaptarse»). El vocalista se ve en el público acompañado y refugiado, disfrutando de los momentos plácidos de la obligada y absurda pertenencia al Chile neoliberal. “Yo no quiero volver”, y la pequeña libreta desde la que recita el viaje místico que termina con el esperanzador canto contra lo existente, son elocuentes al respecto. Desde la intimidad nos revela la capacidad transformadora que posee la repulsión frente a lo inaceptable, que es reivindicada especialmente en “Niña, por favor”, uno de los puntos más altos del disco. Con una sinceridad que escasea en el medio, invita simplemente a pensar («la actividad que les asusta, les duele y les cuesta») a quienes han criticado el supuesto resentimiento detrás de las reivindicaciones que se esgrimen desde la izquierda. Un llamado a la reflexión para la liberación, tan kantiano y parecido al mensaje de “Rap al Despertar”, de Subverso, una de las rimas más emotivas paridas por la protesta del 2011.Definitivamente, esta es la producción más política de Ases Falsos. Con Conducción, sacan chapa de candidatos para ocupar un lugar en el lamentablemente restringido panteón de la música popular antisistémica chilena, si es que algo así pudiera ser construido. Desde Los Prisioneros no aparecían canciones que consiguieran conjugar una lograda pretensión de ser escuchadas masivamente junto con una acertada crítica al modo de vida del que nos vemos presos (tanto por la sociedad de libremercado como por la cobardía de no llevar la contra). Conducción es una apertura de posibilidades, donde Briceño, como el niño que reniega de la buena crianza, nos viene a invitar reiteradamente a la aventura de ser libres. Es, también, el desafío que implica enfrentarse sin temor a la seguridad de lo conveniente, así superando esa «medida de lo posible», enseñada a la fuerza a quienes crecimos en la mentira democrática de la Concertación.Pero quizá nada de lo anterior es tan cierto. El concierto es un ritual y como tal, no se juega en una esfera racional. Seguramente, González tiene razón y la gracia del “Baile de los que sobran” es que consigue vibrar simultáneamente en todo el público. Porque estas instancias se tratan más de sentir que de entender. Y si hay algo de lo que no cabe dudas es que en tiempos tan ateos, tan vacíos de utopías, Ases Falsos tiene un público de una fidelidad fanática. Fueron dos mil cabras y cabros cantando al ritmo de las responsabilidades y desafíos que implica hacer lo correcto. Una religión no teísta que depende del desenvolvimiento de la historia: quizá algún día, después de las cervezas vendrá la rabia, y Ases Falsos será la banda del amor al resentimiento. O a lo mejor, simplemente, terminemos bailando con ellos la frustración, mientras reímos tristes porque casi, alguna vez, pudimos hacerla.
viernes, 4 de julio de 2014
Los delincuentes del maracaná
En http://eldesconcierto.cl/los-delincuentes-del-maracana/
Tras el glorioso triunfo de la selección contra España, dos tipos de noticias se tomaron los medios de comunicación. Lo bueno y lo malo, lo admirable y lo aborrecible, lo que le gusta a la prensa que seamos y lo que realmente somos. Por un lado, la materialización de un proceso serio y riguroso, que a cargo de una generación aún más soñadora que soñada, logró una de las mayores victorias de la historia del fútbol nacional. Por el otro, la denominada “nota alta”: los “indeseables de siempre” que en el Maracaná y también en Plaza Italia nos recordaban de sopetón que somos un país latinoamericano, pobre, lleno de rabia contenida dispuesta a flanquear cualquier medida de seguridad.
Flaites, delincuentes y varios otras descalificaciones cayeron sin apelaciones sobre quienes apostaron al milagro, a encontrar un pasadizo en medio del coloso brasileño que les permitiera escribir una historia personal de tintes tan épicos como los del partido que vendría. El sueño de ver a Chile aplastando a España en vivo se apoderó de la horda de hinchas, que tal como sus ídolos, pensaron que le podían hacer un nuevo gol a la vida.
Varios de los que están en Brasil fueron con lo puesto. Uno de los tantos detenidos por la policía militar declaraba que estar parado afuera del Maracaná le costó dos años de ahorro, dos años que no fueron suficientes ni para pagar los 2.200 reales (unos 550 mil pesos) que costaba la reventa, ni para contener la impotencia que generaba el injusto negociado en que la FIFA convierte cada partido. Otro más sagaz resumía el aprendizaje más esencial en una frase: “Uno ve la oportunidad y la aprovecha… igual la hicimos”. Una vida fogueada por el neoliberalismo no pasa en vano y ahí estaba un destacado ciudadano de nuestra república, explicando naturalmente de qué se trata vivir en Chile.
Peor suerte corrieron los que homogéneamente vestidos, tan parecidos a los que acababan de cambiar la historia, prendían esquinas y micros, sin más propósito que ver la ciudad arder. Sobre esos sí que no cabía lugar a especulación: el “lumpen” nuevamente se hacía presente y la prensa relataba los inexplicables hechos, de mano de periodistas cómplices que lamentaban los vandálicos actos. Tácitamente se tildaba de estúpidos a todos los que quisieron destruir el medio de transporte que los lleva diariamente el trabajo, no entendiendo cómo era posible que esos jóvenes quisieran atacar quisieran atacar esas micros que ofrecen tan confortables viajes matutinos, a ese sistema que tan preocupado de sus usuarios, les ofrece wi fi y televisión para su entretenimiento. El caos se debía a la “falta de cultura”, a fenómenos propios de la psicología social que trivialmente ilustraba que estas cosas pasan cuando el individuo se oculta “en la masa”. La argumentación moralmente autocomplaciente era la forma de negar que el desorden se pudiera explicar a partir de los problemas sociales del país.
Chile es un país que no se reconoce a sí mismo. Si fuera una persona, sin duda sería etiquetado por la psiquiatría con algún raro trastorno relacionado con la autopercepción. No se da cuenta que quienes protagonizaron el noticiario de ayer son exactamente las mismas personas, pero acompañadas por distinta suerte. El Gary declaraba hace un tiempo, sin dimensionar lo que decía: “si no hubiera sido futbolista, hubiera sido narcotraficante”. La selección, los detenidos en Brasil y quienes protagonizaban destrozos en el centro de las celebraciones pudieron haber sido vecinos. Son las 2 caras de un mismo pueblo que con 40 años de antigüedad todavía no puede mirarse al espejo: la minoría, los que en una carrera contra el absurdo logran vencer y la otra, que siendo una gran mayoría invisibilizada, sigue pateando piedras, rejas y paraderos, impulsados por esa extraña catarsis producida por la alegría y el dolor trabajando en equipo.
Lamentablemente nuestro tan notable modelo de desarrollo está diseñado para ser de minorías. En el mejor de los casos una elite meritocrática, como la del fútbol, única en la que los Bravo, los Jara y los Díaz tienen lugar protagonista. Para el resto de las actividades, los Aránguiz, los Mena, los Paredes, mejor que entiendan de inmediato su rol en el crecimiento: hacer de espalda adolorida para que otros como los Luksic sigan apoyándose sobre ellas, manteniendo intacto el Reino de Chile.
Lamentablemente nuestro tan notable modelo de desarrollo está diseñado para ser de minorías. En el mejor de los casos una elite meritocrática, como la del fútbol, única en la que los Bravo, los Jara y los Díaz tienen lugar protagonista. Para el resto de las actividades, los Aránguiz, los Mena, los Paredes, mejor que entiendan de inmediato su rol en el crecimiento: hacer de espalda adolorida para que otros como los Luksic sigan apoyándose sobre ellas, manteniendo intacto el Reino de Chile.
¿Qué hizo el Estado de Chile por esta selección? ¿Cuál es el programa de gobierno que llevó a tan notable éxito deportivo? Lo que ofreció este miserable país a esos cabros fue convertir sus vidas en una lucha cotidiana por sobrevivir. Había que ser el más choro, el más vivo, el que logra hacerla, no importa cómo. Las canchas de tierra eran la salida a una vida que desde pequeños se les mostraba ajena a los modelos que transmitían por televisión. Probablemente uno de los aprendizajes más añejos, de esos que se tienen desde el más temprano uso de la razón, es que ellos no serían quienes entrarían a la universidad. Bastaba ver a qué se dedicaba la gente alrededor para darse cuenta de que ellos no pasarían por ahí. Mejor hacerle fintas a la vida y seguir jugando, porque como en Puente Alto no ha vivido nunca el individuo racionalmente orientado en el que piensan los economistas, se tenía que ser el mejor por amor al juego, a uno mismo, a validarse mediante el regateo y la pachorra.
La Concertación en sus 20 años de gobierno priorizó el “estimular la inversión”, eufemismo para decir que atraer capitales es más importante que tener viviendas dignas, que construir hospitales con estándares de atención decentes, que diseñar escuelas orientadas a seres humanos. Hacer crecer a empresas privadas con cifras extraordinarias fue a cambio de dejar a su suerte a millones de niños, que lo mejor que podían hacer era pasar jugando días enteros a la pelota, para así sentir menos el hambre, la violencia en sus casas, la pena de madres como la de Vidal que separada tuvo que criar sola a 5 hijos.
Por eso la aparición de Bachelet después del partido de Australia fue de una sinvergüenzura extrema. Su tartamudeo inepto no importaba, puesto que sus palabras no valen por lo que dicen. Porque si Alexis y Arturo son estrellas publicitarias de algunas marcas, Michelle hace lo propio como rostro del capitalismo internacional. La carismática mandataria llevaba orgullosa en su pecho a Coca-Cola, el Banco de Chile y la CCU, entre otros 7 destacados integrantes de la selección del neoliberalismo chileno. En un acto, apareció el monumento que está fundando la Nueva Mayoría, el mismo Chile que conozco desde que nací, con el mercado haciendo cola para acercarse a la presidenta a cantar el himno a todo pulmón. Todo vale cuando se trata de ganar.
En ese contexto, lo sucedido el miércoles es una imagen de la moneda que no quiere ver Chile. En la cara los jugadores populares como inusual minoría victoriosa; en la cruz, los hinchas viendo el partido en el calabozo y los desmanes en plaza Italia como un resultado esperable del despliegue de nuestra más arraigada y mayoritaria identidad patria. ¿No es la vida una lucha por aprovechar las escasas oportunidades? ¿Emprender no se trataba de eso? ¿Y dónde dejamos a los miles de jóvenes que hay por cada Sánchez, esos que no lograron cumplir el sueño de ser un crack, ni ningún otro?
El espíritu de esta generación de jugadores fue parido por un pueblo que tiene que llenar su carácter de empuje y coraje para hacerle frente a la mierda que han diseñado para su vida. Aunque nos traigamos varias victorias más, la resaca mundialera pasará y la cabeza dolerá más que nunca cuando seamos excluidos de todas las otras nóminas, de esas de las que el pueblo ha sido apartado desde que este país bastardo tiene nombre. Chile no puede pretender llenarse de Maracanazos, porque esos milagros ocurren pocas veces en la vida. Lo que realmente se necesita con urgencia es la construcción de un nuevo país en que los niños puedan seguir soñando con ser futbolistas, pero sabiendo que podrían ser cualquier otra cosa que se propongan. Hoy por hoy, el pueblo sólo puede ser campeón jugando fútbol.
sábado, 7 de junio de 2014
¿Quién mete la mano a quién? El transantiago como un robo
En http://eldesconcierto.cl/quien-mete-la-mano-quien-el-transantiago-como-un-robo/
Nuevamente sube el transantiago. Del panel de expertos salió humo blanco y los sacerdotes, tras consultar a sus Dioses, nos mostraron la nueva verdad revelada. El sistema necesitaba inyección de recursos e iba a meter la mano en los bolsillos de todos sus pasajeros. 10 pesos por cabeza, como un robo hormiga, un monto que suena austero, técnico, como producto de los movimientos naturales e incontrarrestables del mercado. Nada qué hacer, la vida tiene leyes a las cuales todos nos sometemos inevitablemente por el hecho de existir en la sociedad que han construido. No siempre se pueden entender los designios divinos y como fieles feligreses nos llaman a aceptar con humildad y resignación, entendiendo que al final todo es para nosotros, por la redención que entregan el crecimiento y el desarrollo de todo el país.
Nuevamente sube el transantiago. Del panel de expertos salió humo blanco y los sacerdotes, tras consultar a sus Dioses, nos mostraron la nueva verdad revelada. El sistema necesitaba inyección de recursos e iba a meter la mano en los bolsillos de todos sus pasajeros. 10 pesos por cabeza, como un robo hormiga, un monto que suena austero, técnico, como producto de los movimientos naturales e incontrarrestables del mercado. Nada qué hacer, la vida tiene leyes a las cuales todos nos sometemos inevitablemente por el hecho de existir en la sociedad que han construido. No siempre se pueden entender los designios divinos y como fieles feligreses nos llaman a aceptar con humildad y resignación, entendiendo que al final todo es para nosotros, por la redención que entregan el crecimiento y el desarrollo de todo el país.
Juan Enrique Coeymans, presidente del panel de expertos, declaró que “sube el combustible, sube el dólar, sube también el costo de la mano de obra y el IPC. Es un polinomio muy sencillo que tiene varias variables y se detonó esta alza por la inflación y la subida del diésel”. Inapelable para el sentido común, una clase de pedagogía de mercado, el alza se trataría de matemáticas y no de política. En su rol de maestro del neoliberalismo, ilustra a la ignorante población, enseñándole a bajar la cabeza debajo de la bota de la economía que aplasta cabezas cotidianamente.
Lo que olvida mencionar el cura Juan Enrique es que el tan sencillo polinomio incluye una variable inamovible: las ganancias que ellos proyectan anualmente. Es como un colegio particular subvencionado sin riesgo de pérdida: en este caso ellos serían los sostenedores, quienes tienen asegurado un lucrativo monto que por contrato no se puede mover. En efecto, pueden reclamarle al Estado en caso de no ganar dinero. ¿Se imaginan que los sostenedores trataran en esos términos? Sería bastante parecido a un robo.
Es una vergüenza que el sistema público de transportes tenga tal dependencia del mercado. La Concertación, que ahora se disfraza en trajes progresistas, fue la encargada de diseñar tan maestro plan para la profundización del capitalismo, a partir de la mercantilización de los servicios sociales. Peor aún es darse cuenta que dada la forma en que está arreglado el contrato, los dueños de las empresas de transporte pueden subir los costos unilateralmente. Coeymans explica muy suelto de cuerpo que el aumento lo “decretamos nosotros, no el Ministerio”. Para justificar su ambición, tienen un “panel de expertos” que es juez y parte en el conflicto. Cualquiera que haya estudiado economía sabe que desde esas tierras se puede demostrar “científicamente” cualquier disparate. Imagino a los ricos empresarios transportistas, decidiendo el alza en un lujoso hotel de la capital, pensando en que deberán llamar a los economistas para que le expliquen a la población que su deseo infinito de acumulación es por el bien de todos. Tan burda e insultante como real, la vieja técnica de hacer pasar por general un interés particular se hace presente con deslumbrante contingencia histórica.
“Además, tienen el descaro de empapelar las micros con una violenta propaganda, haciendo creer a la víctima que en realidad es victimario, que es un delincuente por ser pobre y querer evadir la micro en función de deseos banales, como comerse un completo después de la pega o llevarle un regalo a su hija”.
Además, tienen el descaro de empapelar las micros con una violenta propaganda, haciendo creer a la víctima que en realidad es victimario, que es un delincuente por ser pobre y querer evadir la micro en función de deseos banales, como comerse un completo después de la pega o llevarle un regalo a su hija. “Evasión = Robo”, caras pixeladas y amenazas de cárcel son parte del paisaje al que hay que enfrentarse diariamente al transportarse al trabajo, mientras ellos viajan en sus autos de lujo por las autopistas concesionadas, pensando en sus negocios, en sus viajes, en lo bien que trabajó el arquitecto que diseñó su nueva mansión cordillerana, lo más lejos posible de sus micros.
El Estado y quienes estuvieron a su mando durante 20 años son los responsables de tan inverosímil situación. La Concertación a través de sus políticas de modernización se encargó de que los empresarios pudieran quitarle al pueblo parte de su remuneración de manera oculta, como en el más vil lanzaso, de paso consolidando jugosas redes de influencia que podrían servir para ganar futuras campañas. La Fundación Sol afirmó que el incremento equivale al 20% del salario mínimo, mostrando el movimiento en su cara más real: además de Isapres y AFP, hay que considerar que otro porcentaje importante de las remuneraciones de los trabajadores (ya explotados en sus respectivos puestos) se va directamente a sostener el mercado financiero y los bolsillos empresariales. ¿Todavía hay dudas sobre quién mete la mano a quién?
En cuestiones como éstas se revela el verdadero carácter político y de clase de la Nueva Mayoría. El neoliberalismo necesita legitimarse y sabe que con un poco de sonrisas, carisma y un par de proyectos de ley puede hacerlo. El vocero de gobierno, Álvaro Elizade tiene el descaro de decir que se están haciendo cargo “de los problemas de los chilenos”, a la vez que los resuelven “para mejorar la vida de todos”. Con un acuerdo en los términos en que existe actualmente, no hay ningún maquillaje que pueda mejorar la vida de los Santiaguinos. Se necesita una reestructuración total del sistema, entendiendo que no se le puede entregar al capital el arbitrio del transporte. Hasta en los países más capitalistas de Europa se asume que la lógica del autofinanciamiento es incompatible con una mínima dignidad a la hora de proveer un servicio como éste.
Pero no nos preocupemos, que la Nueva Mayoría se preocupa de los problemas reales de la gente, tal como decía la UDI hace un tiempo. Ahora va a haber wi-fi en las micros, ¿qué más podría pedir un trabajador pobre? Una efectiva herramienta para hacerle olvidar su triste vida, para conseguir que el brillo de la pantallita del celular encandile la ignominiosa situación que lo rodea, en la que una apretada manada de humanos viaja obediente, iniciando la explotación bien temprano en la mañana al son del bip! de las tarjetas. Música para los oídos de Bachelet.
miércoles, 30 de abril de 2014
Apología final a Álvaro Henríquez.
En http://www.elfracaso.cl/apologia-final-a-alvaro-henriquez/
Belano, le dije, el meollo de la cuestión es saber si el mal (o el
delito, o el crimen, o como usted quiera llamarle) es causal o casual. Si es
causal, podemos luchar contra él, es difícil de derrotar pero hay una
posibilidad, más o menos como dos boxeadores del mismo peso. Si es casual, por
el contrario, estamos jodidos. Que Dios, si existe, que nos pille confesados. Y
a eso se resume todo. (Roberto Bolaño - Los Detectives Salvajes).
Recuerdo una noventera entrevista
a Jorge González en la que irónico, constataba que “a Los Tres le aplauden
hasta los peos”, en contraposición a las resistencias que generaba su solitaria
carrera musical en la crítica y los medios. Es más, Chile no se hacía problemas
en tildar de resentido al mismo que había sacado la voz por los marginales que
se hacían mayoría en plena dictadura.
Pero la historia puede cambiar drásticamente y es sorprendente el
apresurado giro que ha tenido en cuanto a las dos figuras más emblemáticas de
la música popular chilena de fin de siglo.
Porque Álvaro Henríquez ya es de
otra época. No es fácil buscar amigos en la u con los que compartir las
canciones. Habiendo tantos elementos obligatorios en un curriculum estructurado
sobre la moral de las apariencias, sus trabajos quedaron definitivamente fuera
de los aprendizajes. Es que no lo voy a desconocer, su actitud espanta. Tan
acabada, tan genuflecta frente al status quo, tan tallada a la medida de la
concertación, que hace que varios lo tomen como uno de los tantos objetos
desechables del mercado. Así de simple, sin escuchar ningún disco, sin haber
puesto atención ninguna letra. En la semana me tocó leer que era una “diva
intrascendente con música superficial”. Díganme ustedes, ¿qué es eso sino la
sofisticación de la ignorancia? Qué manera de no entender nada.
Pero no desconozcamos la
realidad, el hombre viene a la baja hace rato. Sus recientes intervenciones
públicas aparecen como blandos puñetazos, desprovistos de la peligrosidad que
efectivamente se presenta manifiesta en sus discos. En los últimos años más de
una vez lo vi con la cara inflada, replicando con desgano los acordes que
llevaron a Los Tres a ser una de las bandas más admiradas en Latinoamérica. Hay
pocas imágenes así de parecidas a la decadencia.
Una reciente –y maletera- columna
se encargaba de enfatizar el mensaje. No es casual que twitter, tierra
prometida de las ansias de fama, haya sido principalmente el medio a cargo de
transmitirlo voz a voz. Bastaron un par de párrafos bien escritos para que la
democrática república lo llevara a ser apedreado a la plaza pública. El
reconocimiento de la celosa comunidad, cual pedazo de pan entre palomas,
azuzaba a los ilustres ciudadanos a extremar posiciones para destacar. Además
de los cargos ya imputados, vociferantes algunos le reclamaban supuesta
mediocridad, carencia de talento, poca ocurrencia y varios otros delirios
colectivos. Un spam me incitaba a participar del espectáculo, ya era tendencia
darle en el piso al artista, mira lo cool que es la aldea global.
Ya basta. Es necesario poner la
pelota contra el piso. Álvaro acuñó un registro maravilloso sobre el suicidio,
las tragedias de amor y la desafección social, tres de los tópicos en los que
su pluma desplegó su entera sensibilidad. En tiempos de espejismos, desarrolló
una voz desgarrada que nos gritaba que no todo estaba tan bien, que el progreso
también era la coca y sus equivalentes: el miedo, el exceso de ego, la falta de
espíritu. Las metáforas albergaban de manera premonitoria la mierda que sigue
silenciosa bajo la ciudad, encerrada en habitaciones golpeadas por relaciones
destructivas. Por menos se han levantado monumentos.
Pero también nos sacaba de ahí. ¿Han ido a algún evento masivo y gratis en dónde toquen? “Amor violento” se recita con ternura entre jóvenes y parejas que ya no tanto, se abrazan con un beso cariñoso mientras cantan “gastaré toda mi vida en comprar la tuya” –quién más que él podía escribir ese verso-. He barrido el sol se sigue guitarreando uniformada en trajes escolares –sol,re,sol,re para los principiantes- ; “cerrar y abrir” en los taxis siendo el arrepentimiento más profundo, declaración de irrestricta compañía, un llamado desnudo a la última oportunidad que los enamorados siempre queremos; “no me falles” en la misma historia, denotando el querer chileno, coreado de forma tan sutil como peligrosamente machista; “Hojas de té” siendo parte de una adolescente jugarreta con los recuerdos modelados por la marihuana. El amor salva y Álvaro de eso sabía.
No espero mucho del último disco. Tocar le debe seguir resultando entretenido, especialmente junto al posmoderno Sancho Panza que encarna Titae. Las giras, las minas, los jales, todo eso a lo que se aferraron más de la cuenta y que les entrega patéticos suspiros de juventud. Frente a sus choreadas de mentira, Ángel Parra responde con el mejor consejo: “le recomiendo que demuestre en la cancha lo que es ahora”. Quizás una sentencia. Ojalá que se nos muera de viejo no más. Cómo culparlo por eso.
miércoles, 16 de abril de 2014
lunes, 14 de abril de 2014
Sobre el alza de precios en los ruta bus.
Nuevamente subieron los pasajes de los Ruta Bus. 3.200 pesos el ida y vuelta para adultos, 1800 cada uno si se compra arriba del bus. A los escolares se atrevieron a cobrarnos luca, que son sólo 100 pesos extras, dirán algunos, como mi mamá que reaccionó aliviada al saber que el alza no era insolventable.
¿Por qué sube el pasaje? El precio de la bencina, responderá el endeudado estudiante de ingeniería comercial que incluso podría ofrecernos un explicativo gráfico, hablándonos de la oferta, de la demanda, de la producción del crudo y de todas esas mierdas que nos repiten en la tele cuando quieren convencernos de que la cosa así está bien, de que es inevitable que la vida siga subiendo mientras los sueldos siguen tan miserables como siempre. Total, vamos creciendo. ¿No ven que hay pleno empleo? ¿No ven que Chile subió dos lugares en el ranking de los mejores lugares para invertir? No sean tan amargados, dirá el oficinista que con 500 lucas hace malabares para llegar a fin de mes, ese que llega a las 9 de la noche a su casa a ver a oscuras el rostro de su hija, quién no pudo aguantar más y se tuvo que dormir frustrada, sin poder abrazar a su papito. Ambos pagaran tranquilos, con el gusto de sentirse un engranaje más del crecimiento del país, que tanto nos ha costado.
Yo me pregunto, ¿qué hubiera pasado si nos subían 200 pesos? La respuesta es simple: hubiéramos seguido pagando, refunfuñando las primeras semanas en las que tendríamos que habernos preocupado de sacarle al almuerzo la gamba adicional. Después el tiempo pasa y la gente se acostumbra, eso lo saben bien estos conchesumadres. Así vienen 20 años mirándonos las pelotas que sudadas de tanto trabajo acomodamos en sus asientos reclinables que nos duermen la rabia en el camino a casa.
Ruta bus 78 es una empresa que existe desde que tengo uso razón, cuando se rumoreaba que no llegaba el tren porque los turcos se coimeaban a alguien para mantener el monopolio. No me extrañaría. Uno de sus dueños y fundadores son los Massoud, apellido de procedencia árabe que el imaginario popular relaciona certeramente con buenos negocios y grandes fortunas. Unos tienen talento para martillar, otros para mover plata y hacerla crecer, no habría nada de malo en eso. Dios da y Dios quita, el orden divino al final es justo y las cosas pasan por algo.
Pero no seamos tan hueones. ¿Por qué sube el pasaje? Sube porque los Massoud tienen que seguir viajando por el mundo, mandando a sus hijos y nietos a los más exóticos paisajes, para que en las reuniones sociales pueda salir algo de esas cabezas que no tienen dentro de sí más que burbujas de privilegio. Para que la señora Massoud se jacte en la reunión de apoderados del Maitenes sobre las proezas de la Maite que recorrió sola el sudeste asiático, hablando con discreción, pero queriendo que todos se enteren de lo que su hija fue capaz, de lo que ellos son capaces. Suben los pasajes porque el mercedes del año pasado ya no parece tan deslumbrante cuando lo llevan al club de tenis, porque su hijo menor tiene que estudiar alguna carrera mediocre y para eso necesita lo básico: un departamento de 500 lucas de dividendo, un autito para que no sufra el transantiago, otro medio millón para que carretee tranquilo y pueda ir bien jalao a esas fiestas electrónicas que su mamá no entiende qué gracia tienen. Suben los pasajes porque no basta con las 6 toyotomis que dejaban pasado a parafina (y qué rasca ir a comprar parafina). Es mejor ese sistema de calefacción centralizada que tan bien se veía en la revista vivienda y decoración que la vieja vio el domingo.
Que no se nos olvide de dónde viene el cerro de plata. Es el fruto de años de robo a todos los que se han partido el culo viajando a sus pegas, a todas las familias que se sacan la cresta para que sus hijos puedan ir a estudiar a Santiago. “¿Un robo? … ¿No le estai poniendo mucho?” preguntarán los más timoratos, que viven con contradicción su filiación a la centro derecha y el simpatizar con la baja de precios, demanda tan riesgosamente cercana a lo que ellos imaginan como izquierda. No, no le estoy poniendo nada. Es un robo que además del tiempo perdido en autopistas, tengamos que bancarnos que un par de giles se hagan millonarios sólo por el hecho de poseer unos buses, es un robo porque la empresa no es de choferes ni auxiliares, sino de unos señores de terno que junto al alcalde de turno toman un café en el mall, mientras unos estudiamos y otros trabajan. Los boletos cortados no hacen sino ocultar la realidad; el que nosotros y nuestros hijos tendrán que seguir viajando 2 horas para la pega, mientras que los suyos seguirán también viajando, pero en avión y al lugar que les plazca, cuando les plazca.
Raimundo Echeverría Lara
Melipillano.
domingo, 6 de abril de 2014
Briceño, el cantor valiente.
En http://www.paniko.cl/2014/04/cristobal-briceno-ases-falsos/
Briceño está de moda. Ya el jueves escaseaban las entradas, pero dentro del club el lleno total confirma lo evidente. Una hora antes del inicio, la galería muestra una falsa quietud, como avergonzada por desear tanto a alguien. Ahí están, fieles, los cientos que adornan las redes sociales con su canción de amor más reciente, los mismos que viajan perdidos escuchándola en sus celulares, pegados al vidrio de la micro que los lleva temprano a la universidad.
Briceño fracasa. Suena poco en la radio y cuando lo hace, nunca es después de Juan Gabriel, Madonna o Chayanne, como le gustaría. Sabe dónde quiere llegar y no puede. Se da cuenta de que los audífonos de tres lucas lo ignoran. No asume como una casualidad que la siguiente tocata sea en Gómez Millas y no en República. Le gustaría que todo esto fuera un por mientras no más.
Briceño no tiene culpa. Por eso toca suelto, con la conciencia tranquila. Aunque a veces parece en un rito, como quién termina apurado un padre nuestro, aguantando la canción, sabe que al final el problema no es suyo. Vivimos en un país de mierda y puta, qué le vamos a hacer. Sigue componiendo con arrogancia, creyéndose el descubridor de un camino del que no se puede desviar porque es el único que existe.
Briceño insulta. Va a los conciertos a boxear. Su polerita verde con cuello, poco pretensiosa, desafía al estricto sentido de la moda dominante, el mismo que en las galerías lo mira de frente, sin lograr permear el escenario. Disfruta estar de pie, arriba, golpeando los cuidados rostros de una juventud que se rinde a sus pies luego de cada canción y que le ofrece aplausos cerrados, que el hombre recibe con seguridad. El oficio le ha entregado serenidad y lo demuestra esta noche. Ya no necesita moverse tanto para golpear al mentón. Parece cómodo siendo protagonista de este esquizofrénico round.
Briceño es contradictorio. “Fuerza especial” desata una euforia. La loca al lado mío corre adelante sin importarle que su amiga no haya aceptado la invitación. Una horda entusiasta salta feliz cantando la historia de una persona cuyo trabajo es pegarle a ellos mismos. Es una canción que retrata bien nuestros tiempos, todavía tan poco resueltos. Porque han puteado a Bachelet con ganas, pero la palabra socialismo la miran con recelo y no les para los pelos. Cristóbal tampoco tiene problemas con eso. Sigue tocando, imperturbable.Briceño tiene el corazón roto. El público también. Por eso se siente una exhalación cuando suena el primer acorde de “Información sentimental”. Es su telecaster la que se hace dueña del solo, pidiendo la pelota para ponerse al frente del tiro libre. Le gusta encarar cuando de amor se trata, y por eso las luces caen sobre él al tocar una guitarreada “Simetría”.
Briceño madura. Recurre a los Fother Muckers, su asesinada y antigua banda, en reiteradas ocasiones, y la gente lo agradece. El gesto no es solo para complacer a otros: es él mismo quien mira con orgullo esa nostálgica parte suya. Ahora la odia menos que antes, y puede volver a ella sin sentir que hace una concesión.
Briceño cree en la suerte. Confía en que saldrá triunfante, aunque no tenga puta idea de cómo. Sabe que el destino está de su lado. O más bien, de los de su lado, de los que también viven jugando. Mientras el coro dice «será que es diferente ser dueño de uno mismo», él mira desquiciado hacia el techo, haciendo girar sus índices al frente de la sien, como si el caos fuera lo mejor que le ha pasado. Es supersticioso e infantil, incluso alguien podría decir pedante, porque nadie necesita la razón cuando sabe que la tiene.
Pero Briceño tiene mala suerte. Desde Álvaro Henríquez no hubo un cantante más chileno que él. Es el hijo de su padre, es el último cantor popular. Odia los eufemismos, la pusilanimidad, la hipocresía: todos atributos necesarios para sacar carnet de buen ciudadano en este país. Es el líder espiritual de una generación que no quiere reconocerse y que vive solo mezquinas utopías. Es la sombra de los ochentas que camina contemporánea sobre la cáscara de la grandilocuencia, tan secretamente custodiada por las murallas de la alegría.
No llores tanto, Briceño. Había que hacerla.
Briceño genera expectativas. Son las 9 y media en el Teatro de la Chile y cualquier observador bien afinado podría distinguir entre la multitud, de vez en cuando, el paso apurado de pequeñas escuadras juveniles. Caminan ansiosas y no es para menos: van a reencontrarse con las canciones que vienen desde hace un tiempo haciéndose espacio en sus biografías. Quizás no es tanto, pero han sido días intensos.
Briceño está de moda. Ya el jueves escaseaban las entradas, pero dentro del club el lleno total confirma lo evidente. Una hora antes del inicio, la galería muestra una falsa quietud, como avergonzada por desear tanto a alguien. Ahí están, fieles, los cientos que adornan las redes sociales con su canción de amor más reciente, los mismos que viajan perdidos escuchándola en sus celulares, pegados al vidrio de la micro que los lleva temprano a la universidad.
Briceño fracasa. Suena poco en la radio y cuando lo hace, nunca es después de Juan Gabriel, Madonna o Chayanne, como le gustaría. Sabe dónde quiere llegar y no puede. Se da cuenta de que los audífonos de tres lucas lo ignoran. No asume como una casualidad que la siguiente tocata sea en Gómez Millas y no en República. Le gustaría que todo esto fuera un por mientras no más.
Briceño no tiene culpa. Por eso toca suelto, con la conciencia tranquila. Aunque a veces parece en un rito, como quién termina apurado un padre nuestro, aguantando la canción, sabe que al final el problema no es suyo. Vivimos en un país de mierda y puta, qué le vamos a hacer. Sigue componiendo con arrogancia, creyéndose el descubridor de un camino del que no se puede desviar porque es el único que existe.
Briceño insulta. Va a los conciertos a boxear. Su polerita verde con cuello, poco pretensiosa, desafía al estricto sentido de la moda dominante, el mismo que en las galerías lo mira de frente, sin lograr permear el escenario. Disfruta estar de pie, arriba, golpeando los cuidados rostros de una juventud que se rinde a sus pies luego de cada canción y que le ofrece aplausos cerrados, que el hombre recibe con seguridad. El oficio le ha entregado serenidad y lo demuestra esta noche. Ya no necesita moverse tanto para golpear al mentón. Parece cómodo siendo protagonista de este esquizofrénico round.
Briceño es contradictorio. “Fuerza especial” desata una euforia. La loca al lado mío corre adelante sin importarle que su amiga no haya aceptado la invitación. Una horda entusiasta salta feliz cantando la historia de una persona cuyo trabajo es pegarle a ellos mismos. Es una canción que retrata bien nuestros tiempos, todavía tan poco resueltos. Porque han puteado a Bachelet con ganas, pero la palabra socialismo la miran con recelo y no les para los pelos. Cristóbal tampoco tiene problemas con eso. Sigue tocando, imperturbable.Briceño tiene el corazón roto. El público también. Por eso se siente una exhalación cuando suena el primer acorde de “Información sentimental”. Es su telecaster la que se hace dueña del solo, pidiendo la pelota para ponerse al frente del tiro libre. Le gusta encarar cuando de amor se trata, y por eso las luces caen sobre él al tocar una guitarreada “Simetría”.
Briceño madura. Recurre a los Fother Muckers, su asesinada y antigua banda, en reiteradas ocasiones, y la gente lo agradece. El gesto no es solo para complacer a otros: es él mismo quien mira con orgullo esa nostálgica parte suya. Ahora la odia menos que antes, y puede volver a ella sin sentir que hace una concesión.
Briceño cree en la suerte. Confía en que saldrá triunfante, aunque no tenga puta idea de cómo. Sabe que el destino está de su lado. O más bien, de los de su lado, de los que también viven jugando. Mientras el coro dice «será que es diferente ser dueño de uno mismo», él mira desquiciado hacia el techo, haciendo girar sus índices al frente de la sien, como si el caos fuera lo mejor que le ha pasado. Es supersticioso e infantil, incluso alguien podría decir pedante, porque nadie necesita la razón cuando sabe que la tiene.
Pero Briceño tiene mala suerte. Desde Álvaro Henríquez no hubo un cantante más chileno que él. Es el hijo de su padre, es el último cantor popular. Odia los eufemismos, la pusilanimidad, la hipocresía: todos atributos necesarios para sacar carnet de buen ciudadano en este país. Es el líder espiritual de una generación que no quiere reconocerse y que vive solo mezquinas utopías. Es la sombra de los ochentas que camina contemporánea sobre la cáscara de la grandilocuencia, tan secretamente custodiada por las murallas de la alegría.
No llores tanto, Briceño. Había que hacerla.
jueves, 3 de abril de 2014
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